lunes, 2 de junio de 2014


A pesar de estar siendo azotados por una profunda crisis, los países industrializados siguen disfrutando de consumo desenfrenado mientras los países periféricos viven en la más profunda miseria. La globalización no está afectando a todos por igual y a cada país le ha tocado jugar el papel que dicho proceso le ha encomendado. Mientras Occidente ha sido el encargado de consumir, la misión de gran parte del planeta ha sido la de abastecer de forma masiva nuestro gasto ilimitado.

El derrumbe del comunismo en Asia y la apertura de sus mercados al exterior, que coincidió con el triunfo y consolidación de la corriente neoliberal en la economía de Occidente, permitió a las empresas transnacionales, oprimidas desde hacía varias décadas por el yugo regulador, encontrar un refugio de caos económico, en el que no se impusieron trabas a la explotación laboral ni a la extracción masiva de recursos. Comenzó entonces el principio del fin de la supremacía de los Estados sobre los mercados en Occidente. Las multinacionales se multiplicaron y se convirtieron en entes capaces de modificar las políticas de los Estados en su propio beneficio. Les era tan fácil como amenazar a los gobiernos con trasladar las fábricas de sus países a otros más competitivos. Competitividad, lejos de ser algo totalmente favorable, significa reducir derechos laborales, bajar los impuestos a las grandes fortunas, simplificar las barreras a la explotación de recursos y a la contaminación, etc. Se estableció pues una competición, que perdura hasta nuestros días y se encrudece cada año, en la que las naciones luchan por ser las más atractivas a las grandes empresas. Es esa competición entre gobiernos, e incluso entre trabajadores, la que está llevando a la destrucción progresiva de los derechos por los que tanto tiempo se ha peleado. Esta competición, unida a la libre circulación de capitales, provoca además que los países se vean obligados a reducir los impuestos a las grandes fortunas para que tributen en sus países.

Imagen con licencia creativecommons extraída de https://anticap.wordpress.com/2011/10/28/the-poverty-of-neoclassical-development-economics/
Mientras esta competición está llevando a que el poder económico sustituya al poder político, nosotros nos centramos y debatimos sobre cuestiones políticas que afectan únicamente a lo que pasa en nuestro entorno más cercano. No obstante, sí que es verdad que hemos dado un paso adelante con la Unión Europea, que cada vez tiene más competencias y que parece que va a enfrentarse a la especulación financiera con la Tasa Tobin, aunque eso es solo un pequeño paso.

La solución recae en ampliar las competencias y los recursos de las Naciones Unidas, en hacer de esta una organización internacional mucho más democrática. No caigamos en el error de considerar el proteccionismo como la solución al problema que ha supuesto esta globalización; y digo “esta” porque considero que otra globalización es posible. Es posible una globalización orientada al internacionalismo, esa ideología que muchos partidos han despachado de su orden del día por considerarla demasiado ambiciosa e ineficaz para ganar unas elecciones. Es necesaria una globalización en la que el poder económico esté subordinado al interés general, en la que exista libre competencia de verdad entre las compañías y en la que unas pocas multinacionales no acaparen todo el mercado. Es indispensable una globalización en la que la cooperación internacional y el comercio justo se superpongan a la competencia entre naciones y la sociedad de consumo.

En relación a los países que han quedado más rezagados en el proceso de la globalización, destaca el continente africano que, pese a contar con mucha riqueza natural y con mucha mano de obra desempleada y barata, no ha sido un territorio tan atractivo. Para entender esto hay que remontarse hasta finales del siglo XIX: África era un continente poco poblado en el que las personas no solían pasar hambre y las guerras allí se limitaban a simples conflictos entre tribus. Fue con la llegada de los europeos cuando las cosas se tornaron difíciles. Estos, que justificaron sus acciones con una retórica paternalista, esclavizaron a la población indígena y se repartieron el territorio estableciendo fronteras que dividían pueblos que históricamente habían formado parte de la misma tribu o que habían convivido pacíficamente. Los europeos llegaron incluso a forzar la separación “étnica” con el objetivo de dominar a una parte de la población con la ayuda de la otra. La herencia de los europeos en África fue un caldo de cultivo idóneo para el surgimiento de guerras civiles, genocidios como el de Ruanda y Estados fallidos como Somalia y Sudán. Esto ha hecho de África un continente muy poco seguro, en el que a las empresas no les conviene invertir.

Imagen con licencia creativecommons extraída de http://en.wikipedia.org/wiki/The_Rhodes_Colossus


Pues bien, después del terrible daño causado, todavía nos negamos a reconocer “esa gran deuda externa” que tenemos con el Tercer Mundo. Nosotros los europeos (aunque obviamente no todos) distinguimos todavía entre ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, limpiamos nuestra conciencia donando algo de dinero y cerramos las fronteras del “mundo civilizado”. ¿Por qué una parte de la humanidad debe tener más derechos que el resto? La superioridad “racial” no se ha borrado totalmente de nuestra forma de ver el mundo y el chovinismo aún es muy común en nuestro día a día.

Imagen con licencia creativecommons extraída de http://commons.wikimedia.org
Sobran nacionalismos y escasea internacionalismo. Es hora ya de que empecemos a pensar como especie y de que tratemos al resto de personas como lo que son, nuestros semejantes.







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1º Bachillerato B

31/05/14

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